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CONCLUSION


Los diversos ejemplos de comportamiento político de los gobiernos de orientación izquierda, de que se ha tratado en estas páginas, permiten presentar en síntesis los rasgos característicos de la deriva a la izquierda en América Latina. Este fenómeno se ha producido a partir de premisas objetivas, en conexión directa con los gravísimos efectos sociales de las reformas neoliberales emprendidas en los años 90 del siglo pasado. Precisamente estas reformas contribuyeron a la formación del potente electorado protestatario que llevó al poder a líderes de orientación nacionalista. En principio, por ahora se conservan las condiciones internas que favorecieron el triunfo electoral de las izquierdas, como lo han demostrado las elecciones de 2006 en Nicaragua, Venezuela y Ecuador.

Por otra parte, conviene tener en cuenta que las situaciones concretas que se dan en cada uno de los países abarcados por la ola de izquierda se diferencian notablemente entre sí. Por ejemplo, prácticamente no hay punto de comparación entre la situación de Argentina y la que se da en Bolivia. En el primer caso, observamos notables progresos tanto en el plano de la estabilidad política como en lo que atañe al crecimiento socio-económico. En el segundo, una brusca agravación de la situación en el país y una evidente fragmentación de las fuerzas que inicialmente respaldaron en bloque a E. Morales.

El ciclo de vida de varios regímenes nacionalistas de izquierda puede resultar bastante corto. En primer lugar, debido a la inestabilidad del propio electorado protestatario y, segundo, por el alto riesgo político de que no se realicen las esperanzas por regla general, netamente exageradas de las capas bajas de la ciudad y el campo, socialmente movilizadas en el marco de las campañas electorales.

De ahí que la solidez de los regímenes de orientación izquierda vaya a depender del monto de recursos líquidos de que dispongan las autoridades para llevar a cabo los programas sociales anunciados, o bien (principalmente, en el caso de países pequeños) de su capacidad para pasar al modelo de relaciones de clientela con grandes estados de orientación similar y con holgada dotación de recursos.

Otro dato de no poca importancia es que los nuevos líderes tienen que actuar en el marco de sistemas políticos en gran medida corruptos y que ellos mismos con su entorno se ven involucrados en escándalos de corrupción, como los que salpicaron al presidente brasileño Lula, que en la primera vuelta de los comicios del 1 de octubre de 2006, en que se presentaba para renovar su mandato, no obtuvo el necesario respaldo del 50% de votos más uno, aunque unos meses antes de las elecciones se daba por asegurado su triunfo en la primera votación.

Las reformas radicales del sistema de administración del Estado, como las que procuran realizar H. Chávez y, con menos éxito, E. Morales, conducen inevitablemente a la intensificación de las tendencias autoritarias, lo cual a su vez favorece el reforzamiento de la oposición interior y perjudica la imagen internacional de estos países. Se crea así un círculo vicioso, ya que en el marco de los sistemas de democracia representativa tal como ésta existe en América Latina, es poco probable que se pueda llevar a cabo reformas reales. Para ello se requiere una cultura política inspirada en la tolerancia y la búsqueda de compromisos, de la que al menos los líderes arriba mencionados no hacen alarde.

En varios países, la radicalización de los métodos de conducción de la política interior y exterior puede dar lugar a la aparición de regímenes híbridos que se apoyen en una retórica populista (con buena dosis de antinorteamericanismo), pero que se revelen incapaces de conservar por largo tiempo el apoyo del electorado de inspiración radical. Su supervivencia va a depender en alto grado de la capacidad que ostenten para controlar y, por tanto, tener bien nutridas y contentas a las estructuras de fuerza (fuerzas armadas, servicios de seguridad). Sin embargo, según demuestra la experiencia latinoamericana, incluso después de las correspondientes purgas (como ocurrió en Venezuela tras la intentona golpista de abril de 2002) puede llegar un momento en que dichas estructuras se desmanden y encumbren en el poder a un nuevo líder.

Por lo que se refiere a los intentos de crear estructuras paramilitares paralelas (por ejemplo, los comandos bolivarianos en el caso, una vez más, de Venezuela), ello entraña altos riesgos políticos. Las fuerzas armadas regulares, en cuanto corporación única, rara vez se avienen a que se les arrebate el monopolio de la tenencia de armas. Además, las propias formaciones paramilitares, reclutadas principalmente en las capas bajas de la ciudad y el campo, se descontrolan fácilmente, pudiendo optar por emplear las armas a su antojo, lo cual entraña el peligro de que se genere una atmósfera de caos y violencia.

Dentro de este panorama parece que en la corriente general de la deriva a la izquierda en América Latina se están formando dos tendencias. La primera va dirigida al desarrollo de una política estatal de orientación social, con reducción de la pobreza extrema y elevación del nivel de vida de la población; la segunda conduce gradualmente a la radicalización de los regímenes políticos transformando la idea del bienestar del pueblo en un instrumento de lucha política de cara al interior y al exterior del país.

Así las cosas, desde el punto de vista del mantenimiento de la estabilidad política condición indispensable para llevar a buen puerto las reformas el guión que ofrece mejores perspectivas es el de avanzar por las vías de reforma de la sociedad de modo escalonado, por medio de soluciones de compromiso, una estrategia de la que se advierten indicios en el acontecer de estos últimos años en Brasil, Argentina y Chile.

 

Nadezhda Yu. Kudeyárova

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